Mi maestra Luvia Cabrera

27 octubre, 2018 4:53 pm

Literatura Regional – Maestros que dejan huella

Tomado de  “Retazos de una vida” de Gerardo Ramírez Marín.

“Hay educadores que de verdad dejan huella, como mi primera maestra; ella dejó una huella en mi frente (con el borrador). La maestra de segundo, enseñaba mucho… cuando se agachaba… (vestía muy corto).  No podría olvidar la maestra de tercer grado que dejó huellas en mis brazos, mi cabeza, mi alma… con los pellizcos de sus largas uñas, los coscos en mi cabeza y su maltratos verbales cuando me trataba de mosca muerta, idiota, agazapado y bruto.  Aún deseo desahogar con llanto la amargura y resentimiento que marcó en mi alma y mi corazón.  El maestro de quinto llegaba ebrio o de goma, también nos agredía de hecho y de palabra.

A la maestra Luvia… ¡jamás podré olvidarla! Siempre ha estado y estará en mi corazón. Nunca olvidaré su negra y profunda mirada, su maternal consejo, la sabiduría al enseñar. Su vocación amorosa se desplegaba en cada clase. Ciertamente tenía un carácter fuerte. Imponía autoridad solo con su indescifrable y misteriosa mirada. Inflexible al enseñar, pero transmitía confianza con su bondad.

De todos mis compañeros, en el cuarto grado de la Escuela Doce de Marzo, exceptuando a Francisco Murillo “Pachi” y Francisco Muñoz, que de vez en cuando llevaban zapatos, era yo el único que asistía descalzo a la escuela. Cargaba mi mal querido y viejo bulto de trapo, llevaba también la pobreza material en que vivíamos y a cuestas los complejos de mi  niñez.

He sido una nueva criatura desde aquellos momentos maravillosos, que Dios puso en mi camino un ángel llamado Luvia Cabrera. ¡Cómo olvidar aquel día tan feliz que cambió mi personalidad  para siempre!  Atrás quedaron mis complejos, mi inferioridad y mis tristezas.

Estaban cercanas las celebraciones  del 15 de setiembre de 1987. ¡Qué hermoso! Desfiles, abanderados, bastoneras y bandas. En mi mente siempre estará presente aquel extraordinario día.

Cuando la niña Luvia me comunicó que me había escogido para que portara la bandera de Costa Rica, durante la marcha del aquel 15 de setiembre.  Me dijo: “Debes incorporarte inmediatamente a los ensayos de la marcha”

¡Qué lindo es llorar de alegría y felicidad! Ese día lo hice en los regazos de mi niña Luvia.  –Gracias, muchas gracias.  Solo atiné a decirle.

Raudo y veloz,  corrí hasta mi rancho a comunicarle a mi madre la buena noticia.   Mi madre me felicitó y también lloró conmigo, pero su llanto no era de felicidad.   Me abrazó largo rato, acarició mi cabello y después me dijo pausadamente: -Mañana,  apenas llegues a la escuela, le dices a tu maestra que muchas gracias de mi parte y después le comunicas que no es posible que seas abanderado.

-Y cómo, ¿por qué así? Le dije

-Vos lo sabés agregó.

 De repente comprendí la realidad. ¡Ni siquiera zapatos tenía, menos medias, o un uniforme presentable!.  Lloré, lloré, sí, pero comprendí la situación, sin embargo eso no cambiaría mi sentimiento de admiración, cariño y agradecimiento por mi maestra.

Otro día al llegar a clases, en primera instancia, no dije nada a la niña, pero ella me preguntó:

-Ramírez, ¿qué le pasa, está enfermo o tiene algún problema?

-Sí- le respondí, – me gustaría comunicárselo en el recreo.

-¡Está bien! Me dijo

En el recreo me le acerqué y  le dije:

-Niña, dijo mi mamá que Dios le bendiga y muy agradecida con usted.

Luego le comuniqué la causa de mi pena, como mi madre y yo lo habíamos hablado.  La maestra me dijo:

-Al final de las lecciones te quedas para que me ayudes a llevar unas cosas a mi casa.

Tal como ella lo dijo, al final le ayudé a llevar unos paquetes hasta su residencia, ubicada cien metros oeste del Rancho Grande, casa verde esquinera, si mal no recuerdo.

-Ramírez, deseo mostrarle algo. Dijo.

 Me pasó a un pequeño cuarto. Lo que miré en la cama me dejó estupefacto.  Lloré de nuevo, pero esta vez con más sentimiento. Ahí estaban mis zapatos nuevos, medias, pantalón, camisa y hasta corbatín. ¡Todo era para mí!

Tuve un cambio extremo, no solo la presentación física para la marcha de abanderados. Este acontecimiento, aún casi al final de mi camino,  no lo podría comparar con ningún otro momento en mi historia personal.

Llegó la hora de marchar, lo hice frenético y entusiasta durante cuatro, cinco o no sé cuántas horas.  Nunca había sido tan feliz.  Ya de camino a casa, no soportaba el dolor que causaban mis zapatos nuevos. Me senté a un lado del río Jilguero y me los quité.  Sangraban terriblemente mis pies,  ya no eran bombas,  sino pedazos de piel desgarrada que dejaron huella en mis talones, pero marcaron mi paso firme por la vida para siempre”.